El señor Chen (Un lector de Pla) (Relato)

Anoche murió de un infarto el señor Chen, mi vecino del cuarto. Su mujer fue a llevarle la sopa de rábano y lo encontró inmóvil en el sofá del salón, con la mirada fija en la televisión, donde pasaban un documental sobre la esposa rusa del presidente Chiang Ching-kuo. El señor Chen fue el último fumador de Taipei. Siempre lió sus propios cigarrillos y jamás cedió a la tentación de comprar paquetes de Mild Seven en las tiendas de 24 horas. Cuando algún conocido le regalaba cartones de tabaco comprados en Singapur los tiraba a la basura sin miramientos.

Posible apariencia del señor Chen

El señor Chen era mi vecino preferido, porque hablaba un mandarín claro y conciso y vocalizaba muy bien, quizás porque había trabajado muchos años en la radio. Además, el señor Chen leía español, italiano y japonés, aunque no los hablaba, pues él decía que el que trata de hablar en un idioma que no es el de su madre hace indefectiblemente el ridículo. ¡Si lo sabré yo!

La mujer del señor Chen se llama Chiu-Hsiang, que quiere decir “fragancia de otoño”, y no le dio ningún hijo.

– ¡Mejor! -decía él.- Los hijos te impiden fumar y leer. Por ese orden.

El señor Chen solía ser bastante categórico en todas sus opiniones. No era un charlatán ni hablaba a la ligera ni le gustaba andarse por las ramas. Antes de trabajar en Radio Taipei estuvo dando tumbos por el mundo como corresponsal de la Agencia Central de Noticias. Vivió en Tokyo a principios de los años 60. Asistió a la milagrosa recuperación del país y se emborrachó varias veces con Toshiro Mifune. Su mujer me dijo una vez que también se fue de putas con el actor fetiche de Akira Kurosawa pero cuando pregunté al señor Chen por esto siempre lo negó.

– Mifune sí se iba de putas. Y a veces de putos. O quizás le engañaban. Pero yo no. Yo me emborrachaba con él y me invitaba a tabaco. Luego me iba para mi casa, aunque alguna vez estuve tan borracho que acabé en un hospicio católico del barrio de Ginza -decía él.

Luego estuvo en Roma, donde se aficionó al vino. Y después, hacia el año 75, dejó la Agencia Central de Noticias y lo fichó un periódico de expatriados chinos en Nueva York para que hiciese crónicas de España. Y se tiró en Madrid seis años antes de volver a Taiwán para trabajar en la radio.

Esta mañana he subido hasta el cuarto a dar el último adiós al señor Chen. Lo van a incinerar esta tarde, y luego, empezarán con los rezos (nianjing) que durarán por lo menos un par de semanas. No soporto el cántico continuado de mantras. Me voy a Hong Kong y a Macao, a comer Dim Sum y bacalao a la portuguesa. La mujer del señor Chen me ha dado una caja de cartón enorme con algunas cosas que me ha dejado el muerto. Jamás pensé que me tuviera en tanta estima ni que estuviera pensando que moriría tan pronto como para dejar dicho en su testamento que me legaba ciertas cosas. Los chinos son así. Gente rara con un corazón de oro.

La verdad es que hacía sólo un año que lo conocía, cuando entré a trabajar en la radio del gobierno taiwanés y lo habían invitado para una entrevista con viejas glorias del periodismo. Resultó que hicimos todo el camino junto en autobús hasta las instalaciones de la radio y cuando llegamos a la puerta y se hacía evidente que íbamos al mismo sitio se dirigió a mi en español:

– ¿Te gustan los viejos?

– Sólo los que no son brutos, señor.

– Bien. Yo no soy bruto pero sí un poco cabrón -dijo sonriendo.- ¿Y hablas chino?

– Sí, señor. Me defiendo bastante bien.

– Vale, pues hablamos en chino porque mi español es leído y no me encuentro a gusto -dijo. Y así empezó nuestra efímera pero profunda amistad.

Ese mismo día me invitó a cenar a su casa. Lubina al estilo de Shanghai, hojas de patata pasadas por la sartén y luego, bollitos de crema de arroz bañados en cacahuete molido. Me enseñó su biblioteca: Maquiavelo, Soseki, Fujisawa, Giambatista Vico, Galdós y Josep Pla. Increíble. Tenía una primera edición de “El cuaderno gris”. Cuando llegó a Madrid  ya sabía algo de español que había aprendido con un periodista en Roma y siguió con clases particulares. Llegó a una librería y le pidió al librero un libro en español que resultase inteligible, de escritura no rebuscada, y el librero le mostró el libro de Pla. Tres años después, con el español completamente dominado, se había hecho con 30 tomos de las obras completas del escritor y aunque no sabía catalán ni pretendió aprenderlo era capaz de entender a medias lo que se decía en su obra no traducida a lengua castellana.

Dio la casualidad de que el señor Chen si era algo bruto. En la caja de cartón que me había legado estaban los 30 tomos de Pla. Habíamos hablado mucho sobre él en nuestras conversaciones de sobremesa, incluso una vez lo obligué a una entrevista en español para mi programa de radio, en que contaba cómo, probablemente, era el único taiwanés en haber leído a tan magnífico escritor. Al final, cuando se despidió de la audiencia dijo que no le hicieran caso y que leer no valía para nada. No lo corté porque compartía su opinión. Hay que ver, toda esa gente leyendo novelitas en el metro… ¡Cuánta cursilería!

Ya han empezado a cantar los monjes. Esta noche parto para Hong Kong y mientras tanto tomaré café y haré la maleta. El señor Chen me regaló una guía de Hong Kong que él había escrito imitando el estilo de Pla pero en chino. Él decía que no soportaba la cursilería y la mermelada de los escritores chinos, siempre con sus metáforas, su luna, sus hojas y sus vientos.

– ¡Son unos degenerados! – explotaba.- Hay que acabar con esta peste como sea.

En la caja que me ha dejado el señor Chen también hay tabaco y papel de liar, y una botella de licor de mandrágora que debe tener como unos 17 años y que le regaló un amigo coreano, amante del licor y de la medicina tradicional. He dado un trago. Es como un orujo suave, con un bouquet como de consulta de dentista.

Salgo por la puerta con la maleta. En el bolso me llevo la guía de Hong Kong que escribió el señor Chen y un volumen de las obras completas de Pla donde está incluido su libro “Madrid. El advenimiento de la República”. Paso por la agencia de mi amiga Hsiao-ying y recojo los billetes. Tomo el metro y me bajo en la estación del aeropuerto de Songshan. Llevo cinco años sin fumar pero me meto en una de esas cabinas para echar un pitillo en memoria del señor Chen. En el avión me ofrecen un pequeño refrigerio. La azafata de Cathay Pacific que me entrega la tarjeta de inmigración me toca la mano disimuladamente. Me levanto. Voy al fondo del avión. Pienso en el señor Chen con Toshiro Mifune y las chicas que debieron ligarse en el Tokyo de los años 60. Vuelvo a mi asiento. Mejor no hacer tonterías. Mira que si me lío ahora con esta azafata no voy a poder ni fumar ni leer tranquilo estas dos semanas.

Apunte carpetovetónico sobre Japón

El general japonés, Tadamichi Kuribayashi, posible víctima de Sebastián Panadero

– Con la bomba atómica, un general japonés, por ejemplo, se muere. ¿De qué se trata? ¿Realmente de que se muera o, simplemente, de que deje de ser general o hasta, si me apuran, incluso japonés? Yo creo que con que deje de ser general y japonés, basta ya.  ¿Por qué, entonces, emperrarse en su destrucción? ¿Por qué emplear la mortífera bomba atómica y no mi útil “petardo transmutador iónico-protónico”, que tiene la ventaja de poder convertir a un general japonés en salchichón de Vich, por ejemplo, o en bolsos de plexiglás, o en cortes de traje de entretiempo, o en lo que se quiera? La bomba atómica es un arma anticuada, el producto de la elaboración mental de unos falsos sabios que no conocen los secretos de la unidad de la materia.

Camilo José Cela, El Gallego y su cuadrilla, El Gran Pañuelo del Mundo, Sebastián Panadero, marcas y patentes; en el volumen “Torerías”, pág.159.

Isabel

Ayer vi los dos primeros capítulos de la serie que Televisión Española ha dedicado a uno de nuestros personajes históricos más importantes: Isabel la Católica. Dejando de lado los aspectos técnicos y formales, asignatura pendiente de las series de televisión en España, los temas que … Continúa leyendo Isabel