Categoría: CULTURA

“El periodista deportivo” de Richard Ford

Hace algunos años leí la novela de Richard Ford, “El periodista deportivo” y quizás no le presté demasiada atención. Leía novelas atropelladamente, las engullía sin masticar. Recordaba algunas afirmaciones graciosas sobre el periodismo deportivo, el estilo seco aunque favorable a la digresión banal, y el infantilismo del personaje principal, Frank Bascombe. No obstante, cuando comencé a trabajar en Radio Taiwán Internacional me propusieron recuperar un programa semanal de deportes que se llamaba “Historial deportivo”. Mi jefa me dijo que podría buscar otro nombre. Lo cierto es que se me ocurrieron muchos posibles nombres, todos insulsos aunque directos. Entonces recordé la novela de Richard Ford y me dije “¿por qué no?”. Mi jefa aceptó, algo a regañadientes, pero ya lleva 3 meses funcionando más o menos bien.

En mi primera emisión hice referencia al libro y recomendé su lectura, pero mientras lo hacía me di cuenta de que casi no me acordaba de nada y decidí volver a leerlo. Lo hice de cuatro sentadas y esta vez sí que lo disfruté más. Normalmente estamos acostumbrados a leer novelistas que cuentan la historia de algún escritor frustrado o aprendiz que acaba teniendo éxito en la literatura aunque con alguna contraprestación. No es el caso de la novela de Richard Ford. El protagonista Frank Bascombe escribe un libro de relatos que tiene mucho éxito. Le dan un adelanto para escribir una novela pero no consigue sacarla adelante y un buen día, una revista de deportes le ofrece colaboración a tiempo completo. Acepta sin dudarlo, aunque nunca quedan claras las razones por las que acepta. Y esa es una de las características del personaje, que nunca estás seguro de por qué hace las cosas. Quizás como en la vida real, que nos damos a nosotros mismo razones para hacer lo que hacemos pero que esas elecciones tienen tantas aristas y dependen de tantas cosas, que la razón principal se desdibuja con pasmosa facilidad.

Edición en español de la editorial Anagrama

La acción de la novela transcurre en un periodo de tres días en que  el protagonista va intercalando digresiones en forma de flashbacks que van rellenando los huecos de su vida y que ponen en contexto los acontecimientos que se van sucediendo en esos días. La temática de la novela es difícil de determinar, pues para decirlo claramente, no trata sobre el periodismo deportivo aunque se hacen muchas alusiones y algunas reflexiones sobre la profesión (las más jugosas sin duda). Desde mi punto de vista, Richard Ford trata de describir la vida de un ciudadano medio con una existencia más o menos banal, con alegrías y disgustos pero que a medida que pasan las páginas se va transformando en una realidad con tintes cada vez más rocambolescos, oscuros o surrealistas. Sin embargo, esos momentos en los que parece que la acción se va a desparramar por una de estas opciones es compensada inmediatamente por escenas de una banalidad sin cuento. Por ejemplo, en el tercer día de la acción, cuando Frank Bascombe, tras haber sido golpeado por su novia se dirige a su pueblo donde deberá ir al depósito de cadáveres, donde reposa un amigo que se acaba de suicidar. En el camino para en un diner de carretera, se acerca a una cabina y llama por teléfono a una antigua amante. Mientras mantienen una conversación sin trascendencia, un joven negro golpea un carrito de la compra con su coche. El carrito sale disparado en dirección a la cabina donde está Frank hablando por teléfono. El carrito rompe el cristal y le produce una herida a Frank en el muslo, cerca de la rodilla. El joven se baja del coche y se para mirándolo en la distancia. Frank también se queda mirándolo. El joven se vuelve a meter en el coche y Frank vuelve a coger el teléfono. Es una escena que raya en lo absurdo, y después de todas las cosas que le han ido pasando a Frank y su manera de afrontarlas, sin reaccionar, sin razonamientos más o menos acertados de lo que le ha ido pasando, parece que la acción vaya a seguir en esta línea absurda y banal. Pero no, Richard Ford, vuelve inmediatamente a introducirnos en una situación algo más normal. La chica del diner sale para comprobar que Frank está bien. Le ayuda a limpiar la herida, le ofrece una bebida reconstituyente y le da palique.

Toda la acción de la novela se va tejiendo así, con un equilibrio entre lo absurdo o lo poco habitual y lo cotidiano que da a la novela unos tintes de realismo que no obstante dejan inquieto al lector. ¿Demasiada banalidad en la actitud de Frank? Quizás sea simplemente que en la vida de las personas las situaciones absurdas que se intercalan en el día a día, aunque algunas veces sean provocadas por nuestra propia acción, se van diluyendo como un azucarillo en el agua caliente de la vida diaria.

No me parece que Richard Ford esté diciendo que la vida sea absurda y que carezca de sentido, sino que la mayor parte de las veces, la mayor parte del tiempo, no reflexionamos demasiado sobre nuestros quehaceres diarios, simplemente seguimos adelante haciendo los razonamientos mínimamente necesarios, que a veces no son suficientes como para dejar de caer en alguna situación ridícula. Pero también, que cuando nos proponemos reflexionar más hondamente sobre los sucesos de nuestra vida, simplemente nos perdemos en digresiones que no llevan a ninguna parte, o más bien, que llevan a seguir otra vez con las pequeñas situaciones que nos va planteando nuestra vida diaria y ante las que hay tomar posición, por lo que poco a poco nos olvidamos de nuestras grandes pretensiones de reflexión más profunda.

Por otra parte, uno de los aspectos que más me gusta de la novela es que Richard Ford no cae en la tentación de la ficción impresionista, cultivada por Paul Auster y otros. Aquí no hay enigmas ni ambientes surrealistas y, en general, Richard Ford evita la reflexión cursi o la crítica política facilonga. Frank Bascombe confiesa en varias ocasiones no estar demasiado atento a cuestiones políticas. “No había pensado en ello” es una frase habitual del protagonista. Sólo se le escucha una opinión contundente en la comida con la familia de su novia Vicki, cuando le dice a la madrastra católica, que no cree que los católicos se caractericen por su tolerancia. Lo cual, por otra parte, es más un exabrupto irreverente que una opinión sólidamente adquirida, pues todas las opiniones que va desgranando el protagonista a lo largo de la novela están instaladas en la indefinición, pues el común de los mortales no tiene tiempo ni se dedica a analizar las cosas de manera sistemática para llegar a certezas.

Richard Ford (Foto de Laura Wilson, de Boston Globe)

Otra de los temas principales de la novela es la familia. Frank es divorciado y tiene dos hijos. Tuvo otro hijo, Ralph, pero murió a los 9 años de una enfermedad rara. Desde entonces se reúne con su ex-mujer cada año en la pequeña tumba del cementerio civil que está detrás de la casa de Frank, en Haddam, un pueblito de Nueva Jersey. No se puede decir que Richard Ford hable de la disolución de la familia tradicional, pues con frecuencia aparecen en la novela familias nucleares bien avenidas y algunas que se reconstruyen felizmente, por ejemplo la familia de su novia Vicki, sus vecinos, o los Spanelis a los  que acompaña en su día de pesca con el Club de los Divorciados de Haddam. Ford viene a decir que hay familias que  se destruyen y otras que siguen unidas, y algunas que se reconstruyen, pero que no parece haber una razón única para que ocurra esto. La propia historia del divorcio de Frank y su ex-mujer “X”, no es trágica ni su vida de divorciados es horrible. Su hijo Ralph muere y ambos entran en un periodo de vida disoluta enganchados a la lectura de catálogos y pedidos por correo. Un día un ladrón entra en su casa y les roba todo. X encuentra unas cartas de una antigua novia de Frank y entonces deciden divorciarse. Todo esto contado con una sobriedad y una frialdad que desnudan de tragedia a su divorcio. No obstante, X vive con sus dos hijos en la misma ciudad, no lejos de donde vive Frank, y él va cuando quiere a ver a sus hijos y se queda a dormir en su sofá. Incluso al final de la novela, da la sensación de que vayan a reconciliarse, pero la posibilidad se esfuma en un instante. X dice simplemente “no” y se va con su coche. Frank se queda algo atontado y decide coger el último tren a Nueva York. Mientras espera al tren y durante el trayecto no está pensando en los porqués de su rechazo. No, va pasando de unos pensamientos a otros tal y como hacemos todos cuando viajamos solos a algún sitio. No va a Nueva York a emborracharse ni nada por el estilo. Llega a la ciudad y se va a la redacción de la revista para la que trabaja y se pone a hablar tranquilamente con los compañeros.

No hay crítica a la familia ni un retrato de la disolución de esta institución. Simplemente es la constatación de que hay una realidad multiforme en la que a unas familias les va bien y a otras no. Y punto pelota.

Me parece que la de Richard Ford no es, como se dice, una novela de tesis, lo cual no quiere decir que no haya ideas funcionando en ella. Si acaso destacaría dos. Que la realidad es múltiple y difícil de desentrañar. Que el ciudadano normal y corriente apenas sí se para a reflexionar sobre esta realidad, que suele despachar con algún razonamiento sencillo que le permite seguir adelante. Y por último, cuando quiere hacer una reflexión más profunda “para poner orden en la multiplicidad” es incapaz de hacer por no tener herramientas adecuadas y porque la propia realidad no le deja tiempo para seguir reflexionando pues el día a día vuelve a plantear pequeñas situaciones ante las que tomar posición inmediatamente. Y no hay que darle más vueltas a lo que parece no tener demasiado sentido.

Richard Ford está describiendo al ciudadano X, el que vota en las elecciones y va al supermercado. De vez en cuando va a alguna misa y habla de deportes y política con sus amigos. Que reflexiona de manera simple y al que no gustan las situaciones incómodas aunque no tenga manera de evitarlas. Es la desmitificación del ciudadano que hoy día, que en tiempos de crisis económica, política y social está elevado a las alturas. El ciudadano comprometido, crítico y dispuesto a luchar por un ideal político. Richard Ford viene a decir que ese ciudadano no existe o es raro. Que el pueblo está compuesto en su mayoría por gente como Frank Bascombe, que ni fu ni fa. Después de leer “El periodista deportivo” suenan ridículas todas las apelaciones al pueblo y al ciudadano “concienciado” que se hacen en nuestros días.

Por supuesto, esta visión que he desgranado aquí puede estar más o menos fundamentada, pero he intentado no caer en la retahíla insulsa de los críticos habituales de libros, con sus frases manidas que tanto valen para  Arthur Conan Doyle como para Camilo José Cela. Leer por placer sí, pero la lectura reposada sin un cierto análisis o toma de posición ante lo que se lee, se convierte en pura retórica. La retórica que nos invade hoy día con las falsedades que se dicen sobre la lectura, la cultura y “el espíritu crítico”, etc. que dejaremos para otro post.