Categoría: Corea

Seúl y la prostitución liberal (respuesta a Enric González)

Normalmente hubiera pasado de largo ante un artículo como el que publica Enric González en Jot Down Magazine, intitulado “Liberalismo”. Uno no puede estar leyendo necedades continuamente, porque hay por ahí cosas mejores que leer o a las que dedicar un post. Pero el señor González ha tocado una fibra sensible de mi biografía: Seúl; y por ello me dispongo a contestar.

Cuenta Enric que llegó a Seúl en 1985 de casualidad. No le habían dejado entrar en India al de poco de la catástrofe de Bhopal, y aterrizó por arte de magia en la capital coreana, que al parecer le pillaba cerca. Cuenta que llega a una ciudad pobre donde apenas si puede alojarse en un hotel para campesinos, con un baño cuyo único mobiliario es un agujero en el suelo. Un chico llama a su puerta y le ofrece chicas. Rechaza González. Insiste el chico, “pequeñas, señor”. Vuelve a rechazar González. Insiste el chico, que se desnuda y se mete en su cama. Con esta anécdota coreana, Enric se carga de razón para denigrar el liberalismo.

En el verano de 2005 aterricé en Seúl por primera vez en mi vida. Me había enamorado hasta las manoletinas de una coreana 8 años mayor que yo mientras compartíamos apartamento en Dublín. Al llegar, después de 14 horas de vuelo, ella no estaba esperándome a la salida. Me sentí algo confuso, mirando a todas partes sin saber muy bien que hacer. Un señor de unos 40 años se me acercó y me dijo en inglés si necesitaba ir a alguna parte. Contesté que esperaba a una amiga. Se alejó unos pasos. Al de un minuto, viendo que seguía perdido y mi amiga sin aparecer, volvió a acercarse a mí. ¿Quieres que la llame?, me preguntó. Lo miré, desconfiado (y eso que no había leído a Enric González). Sonrió: No money. Volvió a decir. Le tendí un papelito con el número de teléfono. Hizo la llamada con su móvil. Habló un minuto y colgó. “Está en un atasco. Llegará en diez minutos. No se preocupe”. Miré estupefacto el papelito que me devolvía y cuando alcé la mirada para darle las gracias ya había dado media vuelta y se alejaba por la terminal. Anécdota perfecta para ilustrar las bondades el comunismo, si yo tuviera la cara dura de algunos.

Aproveché los 15 días que estuve en Seúl para comprar varios libros de historia y cultura del país que fui devorando todas las noches como un yonki tras varios días de síndrome de abstinencia. Los japoneses habían electrificado Corea en los años 30, construyeron vías de tren, elevaron la producción agrícola y abrieron fábricas por doquier, a mayor gloria del Emperador. Tras la derrota japonesa llegó la ocupación americana y soviética, y la subsiguiente guerra iniciada por el norte el 25 de Junio de 1950. Hecho que pilló a Mao por sorpresa, pues lo tenía casi todo preparado para el asalto final al último bastión del Kuomintang en Taiwán. MacArthur envió a la  7a Flota al estrecho de Formosa y 62 años después puedo escribir estas líneas desde Taipei, ciudad liberal. La guerra de Corea asoló el país y destruyó las infraestructuras que habían desarrollado los japoneses durante 40 años de duro régimen colonial. La primera década tras el armisticio fue una década norcoreana, cuyos indicadores económicos superaban ligeramente a los del sur, pero a principios de los 60 el general Park Chung-hee se hace con el poder e inicia dos décadas de espectacular crecimiento económico que sigue hasta hoy, sólo perturbado por la crisis financiera asiática de 1997, cuando muchas empresas surcoreanas que habían invertido en bancos tailandeses se arruinaron y cayeron en manos americanas.

En 1985, cuando el ínclito Enric González llega a Corea del Sur, este no es un país pobre como él dice, sino una locomotora económica que pronto tomaría el relevo de Japón y que arrebataría el primer puesto en producción metalúrgica y naval que ostentaba España, hasta que llegó el desmantelamiento (reconversión decían) de la industria española, con los sindicatos que el jueves se manifiestan, como brazo ejecutor.

La anécdota que González refiere en su artículo y que él hace derivar del capitalismo salvaje, “de la vía asiática al progreso”, no es más que literatura barata, la batallita que cuenta todo expatriado en Asia. Las he coleccionado a montones y la mitad son todas inventadas. Una pena que Enric fuera demasiado joven cuando lo del Vietnam que si no, el affair con su coreano se quedaría en una futesa. Si él quiso ir a ese hotel donde se alojaban campesinos coreanos quizás debiera haber acudido a otro, porque los había, como corresponde a una economía desarrollada. Pero claro, un hotelito normal y corriente no da para relatar aventuras sórdidas y culpar al capitalismo por ellas. Un retrete blanco, incluso algo desgastado, no queda tan bien en un artículo como un agujero infecto del que puede salir Godzilla en cualquier momento.

Quién sabe lo que había llevado a ese joven a merodear los hoteles de mala muerte vendiéndose a sí mismo o a unas pobres chicas para ganar unos cuantos wons. Acaso el coreano de Enric no fuese lo suficientemente fluído para  preguntar al chico si estaba desesperado o era un chulo que de vez en cuando se ponía las botas con algún occidental con veleidades literarias. Aunque fuera lo primero, parece un poco presuntuoso suponer que la situación de ese chico había sido producida por el liberalismo, máxime cuando, hasta los años 90, la economía coreana estuvo fuertemente intervenida, su industria apoyada por el estado, su moneda controlada, etc. Todo menos un paraíso liberal.

El problema de González es que leyó mucho panfleto pseudo-marxista en los 70 y después, mucha literatura. Por eso, cuando se pone a hablar de liberalismo, como es el caso, da un salto mortal desde la prostitución hasta el sistema económico, obviando todos los problemas que surgen en el camino.

Decía Platón, que a los poetas, había que echarlos a patadas de la ciudad, pues osan hablar de las cuestiones de la República sin haber tenido maestro. Sigo yendo a Seúl siempre que las circunstancias lo permiten y disfruto de una tierra maravillosa con una gente estupenda que puede presumir de pertenecer a un país rico y próspero gracias al trabajo duro de todos los coreanos y a un sistema económico que les ha hecho progresar hasta esta posición de la que disfrutan. Para que venga el típico progre, imbuído por el espíritu santo que habita las páginas de El País, a decirles que llevan 50 años prostituyéndose.

Kim Jong-Il, remuerto.

Ayer escribía una entrada sobre Kim Jong-Il y los protestantes surcoreanos. Hoy desayuno con la noticia de su muerte. Uno ya no sabe qué pensar. Este hombre se ha muerto tantas veces que lo mismo esta es una más del gato norcoreano. Hace poco, el ex-presidente chino Jiang Zemin también se apuntó a la moda de morirse antes de tiempo. No sé si esto será cosa de El País, que hace no mucho mató antes de tiempo a Luis García Berlanga, que acabó muriéndose de risa un mes después.

A un norcoreano medio quizás no le cambie demasiado la vida, aunque eso está por ver. Sin embargo, a los altos funcionarios les esperan semanas tensas. Si todo el mundo acepta el testamento de los Kim aquí paz y después gloria. Pero si algún halcón con pretensiones hace ruido, quién sabe si asistiremos a un incendio del Reichstag.

En cualquier caso, lo que no parece posible, porque no interesa a nadie, es una caída repentina del régimen. De esto se lleva hablando prácticamente desde principios de los 90 y nos hemos plantado en el 2011 sin demasiadas novedades.  Esto lo van a leer en todas las malditas crónicas de los periódicos, que a veces se parecen a las respuestas prediseñadas de Gmail.

Nadie sabe lo que va a pasar. Máxima que sigo prácticamente en todas las áreas, excepto en las matemáticas y la física. El proceso está infecto. Veremos qué pasa.

Con Kim Jong-Il, in media res

Es de sobra conocido que los protestantes no tienen sentido del humor. Ahí tienen a Angela Merkel, luterana estricta, de la que no se conocen chanzas. Oírle contar un chiste debe ser algo parecido a cuando Míchel comentaba los partidos de la Selección Española.

El pastor Jones quemaba coranes en su congregación de Florida y los predicadores coreanos te hacen la vida imposible en la onda media, cuando en mitad de un atasco en Seúl, se te acaba el pulpo amojamado y te has cansado de la música pop (es un decir). Los protestantes son insufribles con su libre examen, su iluminación individual y su terror al fin de los tiempos.

Kim Jong-Il, el Amado Líder, es un hijo de puta al que le gusta ver “Viernes 13” una y otra vez, quizás para inspirarse en futuras putadas que perpetrar sobre el sufrido pueblo norcoreano, pero coincido con él en una cosa: no soporta a los protestantes.

En Panmunjon, vuelve a armarse el Belén, o mejor dicho la “guirnalda navideña”. Como medida de propaganda contra el vecino comunista, Corea del Sur solía dejar hacer a la nutrida representación de la iglesia protestante coreana el encendido de unas guirnaldas navideñas cerca de la frontera y que se divisaban desde la ciudad norteña de Kaesong. En los últimos siete años, el “árbol de Navidad” no había sido encendido, como muestra de las buenas relaciones entre los vecinos. Sin embargo, el episodio del buque surcoreano hundido a misilazos norcoreanos el año pasado ha decidido al Presidente Lee Myung-Bak a permitir que los protestantes, liderados por el pastor Kim, vuelvan a encender las guirnaldas estas navidades, no en un sólo sitio sino en tres sitios a lo largo de la frontera entre ambos países.

El Amado Líder ha dicho que esto es intolerable, que se pretende convertir a los ateos norcoreanos en cristianos protestantes, y por ende, en estupendos capitalistas.  Desde el otro lado de la frontera se dice que es un paranoico. Sí, es un paranoico hijo de perra, pero eso no es óbice para que tenga razón. Se pretende precisamente lo que Kim Jong-Il dice, pero lo que no entiendo es por qué no se le da la razón en algo tan evidente y de lo que, en principio, no hay de qué avergonzarse: tratar de ganarle la partida a un país enemigo.

A mí me parece muy bien, porque Corea del Norte es un país ridículo (pero con la bomba atómica), una sociedad cuartelera y aborregada a base de crisis de hambruna cuidadosamente planificadas por el gobierno, que juega con ellas a su antojo.

Yo, al igual que Kim, estoy indignado con esos protestantes. Él, por razones de su propia supervivencia. Servidor, por cuestiones estéticas y filosóficas. Durante mi primer viaje a Corea del Sur me sorprendió ver tanta cruz de neón por todas partes que parecían putiferios con un toque cachondo y algo “kinky”. El protestantismo, que está detrás de una gran cantidad de movimientos indigenistas en hispanoamérica, es junto con el cine de Holywood, una de las armas más potentes que tiene EEUU en su arsenal bélico (mucho más potente que el propio ejército). Por razones filosóficas, aborrezco de las sectas protestantes. Es el subjetivismo más radical y la actitud más agresiva en su, por otra parte, natural proselitismo, lo que me hace aborrecer la religión de Lutero. A lo que hay que añadir el furibundo antisemitismo que se resume en la pastoral de un obispo luterano de Turingia al día siguiente de la Noche de los Cristales Rotos: “Qué gran día. Arden las sinagogas como quería Lutero”.

Estando en Corea, Taiwán, Hong Kong y Tailandia jamás fui molestado por un budista o por un católico. Sin embargo, he sido repetidamente asaltado por protestantes de todos los colores e idiomas, tanto en cafeterías como universidades de esos países, a leer sus folletos y acompañarles en sus misas cantadas. En Pekín, era conminado cada cierto tiempo por mis compañeros indonesios (de etnia china) a acudir al servicio de los domingos en una de las pocas iglesias que permite el gobierno.

Un día en una cafetería de Taipei, acabé hasta los mismísimos cuando una chica, en un inglés perfecto, me conminó a leer su folleto de la iglesia puritana de Taiwán. La miré fijamente y le repetí, palabra por palabra, lo que ese labriego andaluz le contestó a George Borrow cuando este le vendía su Biblia Protestante:

Mire. Yo no creo en la religión católica, que es la verdadera, como para creer en la suya, que es falsa.

La chica pareció confundida. Pero sólo duró un momento su expresión de asombro. Enseguida recuperó la sonrisa angelical y pasó a molestar a los de la siguiente mesa.

Soy ateo esencial católico. No es que Dios no exista, es que no puede existir porque no hay idea de Dios. La Iglesia Católica ha cambiado mucho en los últimos años. El único cambio que me parece positivo es el haber renunciado al proselitismo agresivo que hoy día sólo caracteriza a los protestantes, dejando de lado obviamente a los musulmanes, cuyos métodos proselitistas son de sobra conocidos: bombazos y avionazos a discreción.

El budismo, que gracias a Dios (sic), sigue siendo mayoritario en Corea, comparte con el catolicismo este cierto tono de “vive y deja vivir”, al igual que el aprovechamiento de la religiosidad popular (de tipo primario y secundario) y el gusto por el estudio de cuestiones teológicas ayudados de la filosofía griega y el pensamiento hindú antiguo.

Así que en esta disputa, aunque sólo coincidamos in media res, espero que se escuche a Kim Jong-Il y no den beligerancia a esos hijos putativos de Lutero. Por otra parte, a Kim Jong-Il le deseo lo mejor, es decir, una muerte rápida a manos de un tribunal popular que lo juzgue por sus hijoputeces varias.

Doy gracias a Dios, de haber nacido en España.

Corea en cueros

El 18 de Agosto de 2005 visité Asia por primera vez en mi vida. Aterricé en uno de los mejores países que jamás haya pisado: Corea del Sur. Allí nada te deja indiferente. No se crean que hablo del “cultural shock” sino de los shocks que los coreanos se crean entre ellos. Es una sociedad frenética donde las rígidas normas morales de la oficialidad chocan con el día a día, y los recintos tradicionales de la cultura antigua conviven (no sé si pacíficamente) con las manifestaciones más horrendas del mundo contemporáneo y ultratecnológico.

Sorprende al neófito la gran cantidad de iglesias protestantes que salpican Seúl con sus cruces de neón, las cadenas de radios de onda media que martillean tus oídos con sermones que nada tienen que envidiar a los de los telepredicadores del sur de EEUU, la moral confuciana de los gobernantes y la serena calma de las letanías budistas, el ruido del tráfico en la gran ciudad… y en medio de todo este barullo: la gente.

He desayunado dos noticias sobre Corea que me han gustado especialmente: la de un activista ecologista que se ha desnudad en la cima de un monte para protestar sobre la próxima construcción de un teleférico; y otra en la que las autoridades gubernamentales están preocupadas por ciertas prácticas de celebración de graduaciones en las que algunos estudiantes se reunieron tras una ceremonia y se desnudaron y embadurnaron con huevo y harina sus cuerpos de efebos y lolitas (sí, lolitas ¿qué pasa?).

Así es Corea: histrión y contención. Mucho de lo segundo seguramente provoca lo primero. Los moralistas, tras siglos de historia todavía no saben que la prohibición genera inmediatamente el vicio, la fascinación por lo prohibido. El sexo es un asunto tabú en Corea aunque luego sepamos por estudios de esos que se hacen ahora que los coreanos son los que más horas dedican al sexo. Tras la fachada general de serenidad, seriedad y severidad aflora, muchas veces violentamente, los sentimientos autoreprimidos. El cine lo refleja mejor que cualquier otro arte. En esta última década raro es el que no ha visto una película coreana. Pregúntenles y les dirán que han observado eso mismo que les digo ahora.

No sé si la sociedad de la información y la cultura del consumo, la exposición a otras visiones del mundo u otras causas más o menos traídas y trajinadas por unos y por otros tendrá algo que ver en la “relajación de costumbres” progresiva de la sociedad coreana. Pero desde luego no creo que ayude mucho la actitud de las autoridades. La represión directa de ciertas actitudes sexuales sólo trae problemas. No es bueno que la gente no folle (sic) a gusto. Cuando eso ocurre, la mayoría de las especies del reino animal se vuelven violentas e incontrolables. ¿Acaso creen que el ser humano (animal donde los haya) es un caso diferente? ¡Imagínense si ya no se puede uno desnudar a gusto!

Puede que suene egoísta, pues a muchos coreanos todo esto les parece fatal y les crea problemas, pero a mí me encanta verlo cada vez que visito el País de la Calma Matutina. Quizás, si todo se formalizase, perdería encanto. Y después de decir esto es cuando vienen los hijos putativos de Edward W.Said a condenarme al infierno. Pido perdón por expresarme libremente, inquisidores de nuevo cuño. Oriente no os merece. Sí, Oriente, que es lo que queda a la derecha de Occidente.

Espero poder seguir visitando Corea; mis amigos coreanos seguirán queriéndome (espero) y yo ellos, idem de idem; y lo que hagan con su vida, su país, sus costumbres, queda a la elección de ellos. Ni qué decir tiene que las coreanas se ven mejor en cueros que en pelota (busquen la distinción en el Quijote o en “El dardo en la palabra”). Me encanta desayunar ciertas noticias…