Los amigos de Eddie Coyle: ética, moral y derecho


Breve comentario al libro “Los amigos de Eddie Coyle”, George V.Higgins, Libros del Asteroide, 2012, 216 págs.

El gran Robert Mitchum caracterizado como Eddie Coyle en la película de Peter Yates de 1973.
El gran Robert Mitchum caracterizado como Eddie Coyle en la película de Peter Yates de 1973.

Aprovechando el estreno en España, el 21 de septiembre de 2012, de la película de Andrew Dominik, “Mátalos suavemente”, con Brad Pitt como protagonista, la editorial Libros del Asteroide tradujo y publicó la novela en la que se basa la película, “Cogan’s trade”, del escritor norteamericano George V.Higgins.

Con muy buen tino comercial, esta editorial barcelonesa creada por Luis Solano en 2005 y responsable también de las magníficas reediciones de obras del gran Chaves Nogales, se decidió a traducir y publicar unos meses antes la primera novela de Higgins, “The friends of Eddie Coyle”, la que más gloria y fama acarreó al escritor de Boston. Y no es para menos, pues “Los amigos de Eddie Coyle” es una novela prodigiosa que perfeccionó una faceta crucial del hard-boiled estadounidense: el diálogo.

Las conversaciones que tienen los criminales de poca monta del submundo de la mafia irlandesa de Boston a finales de los 60, es tan rica, descacharrante y refrescante que no nos podemos imaginar cómo han existido Elmore Leonard, Quentin Tarantino, David Simon o el creador de Los Soprano, David Chase.

George V.Higgins fue periodista del Boston Globe y ayudante del fiscal de distrito de Massachussetts, conocía perfectamente el mundo de la mafia anglo-irlandesa por haberlo combatido y tuvo contacto permanente con la jerga callejera y criminaloide del Boston de los años 60. Higgins pulía sus diálogos y exprimía lo más importante del habla mafiosa para destilar un humor negro, una acidez y un ritmo vertiginoso que le permitía crear una trama firme y convincente. Los diálogos son lo que más llama la atención del estilo de Higgins y es lo que más valoran, en general, sus lectores y admiradores entre los que se encuentran Elmore Leonard o Dennis Lehane, que le pone un prólogo al libro.

Portada de "Los amigos de Eddie Coyle" de la editorial Libros del Asteroide.
Portada de “Los amigos de Eddie Coyle” de la editorial Libros del Asteroide.

Sin embargo, la estilística exquisita de estos diálogos no son sólo vehículo excelente para una supuesta amoralidad del novelista, como erróneamente suponen todos los intérpretes de Higgins. No porque hayan entendido mal el libro sino porque carecen de una teoría clara y distinta sobre la moral, a la que confunden con la ética y con el derecho.

Estos intérpretes asumen que Higgins es amoral porque el narrador omnisciente de la novela no hace juicios de valor y sin embargo, la novela está llena de códigos morales por los que se rigen los protagonistas, que entran en contradicción con las normas éticas y las normas políticas.

Vayamos a la trama. Eddie Coyle es un criminal de poca monta, un soldadito del escalafón más bajo de la mafia irlandesa. Hace unos años, la policía le pilló conduciendo un camión con mercancía robada y la vista del juicio será pronto. Coyle quiere librarse, porque ya ha estado antes en la cárcel, tiene casi 45 años y no ha podido retirarse a Florida, como sueñan todos los delincuentes de medio pelo con hacer una vez se llenen los bolsillos.

Coyle conoce a un policía, David Foley, que es amigo del fiscal de distrito de New Hampshire y le promete que le dará algunos chivatazos si habla con el fiscal para que retire los cargos o le reduzca una posible condena de 5 años. Durante la novela, Coyle duda si delatar al negro que le vende armas, Jackie Brown, o sus colegas Jimmy Scalisi y Artie Van, que le compran las armas para atracar bancos por todo el estado. Al mismo tiempo, Foley, que no se fía de Coyle, se informa sobre sus actividades por medio de Dillon, informante, regente de un bar y sicario del jefe de la mafia de Boston. Los planes y programas de Eddie Coyle, Jackie Brown, David Foley, Dillon y el dúo Scalisi-Artie Van, chocan entre sí y se entretejen con los propios códigos éticos de cada uno, que a su vez, están envueltos por los códigos morales de los grupos criminales que envuelven a esos individuos. Y por encima, o por fuera, están las leyes del Estado, que intentan mediar o descabezar esos otros códigos.

Mediante los diálogos, en los que estos protagonistas hablan de su coche, su matrimonio, vacaciones en Florida, la liga de hockey o la posibilidad de comprarse una tele en color, se muestra un mundo de profesionales del crimen o de la policía, que se toman su actividad como un trabajo más, sin sublimaciones, y por eso pueden hablar de cosas banales mientras están “trabajando”. Higgins no hace que el narrador se permita decir al lector lo que está pensando un protagonista, sino que es el personaje el que habla directamente. Sabes cómo es un personaje o cómo piensa por lo que dice o hace, no porque el narrador te diga lo que piensa o cómo es. Esta técnica se asocia con la amoralidad de un relato, pero no es cierto, como decíamos, porque las reglas morales, éticas y políticas danzan a lo largo de toda la novela, entretejiéndose, chocando y contradiciéndose sin parar, que es tal y como la filosofía materialista de la moral entiende esta faceta de la realidad.

George V.Higgins
George V.Higgins

Higgins no pretende ser edificante sino mostrar precisamente la dialéctica de esas tres esferas normativas mediante un recurso retórico altamente refinado como son sus magníficos diálogos. Desde un punto de vista filosófico, ahí está lo verdaderamente valioso de la novela, que huye del dualismo metafísico del bien y del mal, y desnuda la realidad esencialmente dialéctica de las relaciones humanas: las normas éticas, aquellas dirigidas a la preservación de los cuerpos individuales; las normas morales, que rigen un grupo y lo protegen; y las normas políticas o jurídicas, que vienen a mediar entre estas dos y pretenden la eutaxia del Estado.

Cuando un atracador mata al empleado de un banco por no seguir sus instrucciones se está violando una norma ética. Cuando Eddie Coyle maquina para delatar a algún delicuente y librarse de una condena está violando una norma moral, de grupo; y cuando la policía atrapa a un delincuente por vender armas o atracar un banco, está aplicando normas políticas dirigidas a mantener el equilibrio del estado. De los planes y programas derivados o en conjunción con cada conjunto de normas surge una trama específica que sitúa a esta novela en el género al que pertenece, que es el de la novela negra o criminal.

El final lo dejaremos al lector curioso.

Anuncios