Cocina de Año Nuevo chino y otras consideraciones

Josep Pla era partidario de una cocina lenta y sosegada. Nunca habló de cocinar con amor pues era más bien refractario a esa palabra, aunque como todo ser humano, no pudiera librarse de sus efectos.

No. Cocinar con amor no es sino una cursilada francesa. Hay que cocinar sin prisa, cuidando los alimentos, sabiendo sus propiedades y el uso apropiado de su tiempo. Mimar el fuego y combinar los sabores y las texturas.

Ah, combinar los sabores ¡y el orden! Decía Julio Camba que mal podemos decidir si comer antes la langosta o el pollo. No importa si comes uno antes del otro, simplemente no combinan, y punto. El congrio, decía Pla, mejor con guisantes, y si no, mejor no lo comas.

La cocina china y si derivado regional taiwanés se ocupa mucho del orden de los platos, pero el chino medio mezclará todo en su bol de arroz. Una costumbre que muchos encuentran bárbara. A mí básicamente me da igual lo que mi vecino haga con su comida pero yo desde luego no soy muy propenso a mezclar lo que no se debe mezclar. De ahí que aborrezca la paella mallorquina. Por dios, por dios: pollo, conejo, marisco y caracoles todo junto. Un horror.

En el Año Nuevo Chino los platos se suceden sin orden ni concierto, cuando no se sacan todos a la vez y ahí te las compongas. En Taipei hace frío, y la sopa es lo que más triunfa: agua caliente, pollo, rábano y albóndigas de carne. Cuando te terminas el caldo quedan las salchichas dulces, repollo rehogado, pollo frío e hígado de cerdo.

La mezcla es portentosa. El paladar no tiene ni un minuto de reposo. Difícil es recordar un sabor cuando inmediatamente te viene otro totalmente diferente.

La cocina china es sabia. Pero como en todo, también se cometen errores. El pescado de río, por ejemplo, es inmisericordemente asesinado con decenas de guindillas que han acabado con más de una papila gustativa. Qué me dicen del indiscriminado uso del aceite de girasol. Cuando le saquen un pollo kon-bao donde los cacahuetes floten en aceite hará mejor levantándose de la mesa y no volviendo por ese restaurante en lo que le queda de vida. En Taiwán, gracias a dios, no son muy dados a poner aceite a tutipleni, pero por el contrario pueden caer en el error de que por un excesivo celo en no sazonar abundantemente se encuentre usted bebiendo sopa de agua.

Ni mucho ni poco, pero tómeselo con calma. Muchos chinos han olvidado esto aunque más bien ha sido por las necesidades del mundo moderno. Me refiero claro está, a la proliferación de fideos instantáneos o empanadillas aptas para el microondas. Lo desconocido empieza a ser pan nuestro de cada día: chinos orondos como llantas de Michelin.

En las casas, las abuelitas aun comienzan a cocinar horas antes de servir la comida, con resultados ciertamente agradables. Tiempo, tiempo. No me sean ustedes cagaprisas. Eso sí, háganme un favor, no sean tan cursis como Manuel Vázquez Montalbán y no relacionen esta costumbre con la política. Los resultados pueden ser esperpénticos.

Salud y Feliz Año.

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Sensaciones de Año Nuevo Chino

Estoy en Taiwán a un día de celebrar el Año Nuevo Chino. Ya he celebrado unos cuantos. Con esto pasa como con la Navidad. Todo el año quejándose del coñazo de estas fiestas y cuando llegan, se te pone sonrisa de gilipollas y vas felicitando las fiestas a todo hijo de vecino como si te acabase de tocar la lotería o hubieras echado un polvo después de varios meses de sequía inmisericorde.

Por dios, por dios. ¡Echar un polvo! A poco que me descuide acabo escribiendo como Maruja Torres, representante junto a Almudena Grandes del lamentable costumbrismo progre que se ha apoderado de la literatura española desde la década de los 90.

El asunto del Año Nuevo Chino me lleva a comentar el tema del multiculturalismo, que es una de las facetas más conspicuas del izquierdismo español. El chino no puede rivalizar con el palestino o el moro en este disputado campo. El chino tiene dinero y no se manifiesta. No está sujeto a ningún tipo de “opresión nacional” real o inventada. Al contrario, China, en el imaginario progre comete culturicidio en Tíbet, Xingjiang y se quiere merendar a Taiwán como ha hizo con Hong Kong y Macao.

No, China, a pesar de ser comunista no cuenta con el beneplácito progre, como lo hace Cuba. Los sinófilos españoles están muy divididos. Tenemos a los seguidores de Levi-Strauss que acaban cayendo en las garras de lo que Gustavo Bueno llamó la ilusión etnológica y acaban renegando de su país o su propia cultura antropológica. Dile tú a uno de estos pollos que comparar a Platón con Confucio es como comparar a Dios con un gitano y verás lo que pasa.

Luego están los de perfil académico, que no toleran ni una sola crítica a sus sesudos análisis publicados en las páginas de opinión de El País. ¡Qué desfachatez! ¡Ahora todo el mundo opina de China sin haber pasado por mi aula! Insoportables.

Luego están los que como yo, vemos esto con algo de distancia prudencial. Me siento a gusto en Taiwán y en Asia Oriental en general. Mi interés es puramente antropológico, como el interés que puedan tener los jainos de la India o los yanomami de la selva amazónica. No espero analizar el mundo moderno con las enseñanzas de Laozi, básicamente porque no podría dar ni dos pasos en el mundo actual.

Lo que más respeto del mundo chino es su cocina, aunque lo haga con sonrisa revirada, como el maestro Julio Camba. Ratones, gatos, perros, pescado podrido… Nada que ver con las leyendas urbanas. Es real y no hay nada de horrible en ello aunque no deje de ser gracioso y sujeto a todo tipo de chanzas.

Y ya que estoy en Taiwán digamos algo políticamente incorrecto: si Taiwán no tiene nada que ver con China como dicen los nacionalistas ¿Por qué diantre celebran el Año Nuevo Chino? Déjense ya de chorradas señores del Geist.

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特力屋 HOLA

Comprando muebles en Taiwán. IKEA es un pelín caro. Compremos en HOLA.

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藝術盒仔 Art Box

Ayer, mi buen amigo Bob Kuo, nos llevó a mi novia y a mí a la cafetería más especial de todo Taipei. Se llama 藝術盒仔 ART BOX, y su dueña, por ya 20 años, es Su Fei, uno de los mayores personajes que pueda uno encontrarse en esta vida. Describirla más allá de lo físico es tarea titánica. Simplemente hay que conocerla.

Cuando las parejas discuten, van a ver a Su Fei. Ella les habla, les grita o simplemente les ignora. Piden un capuchino y ella les pone un café con baileys. Así es ella. Da igual lo que pidas, pues seguirá la máxima de Federico II de Prusia: que mis vasallos digan lo que quieren, y yo haré lo que me de la gana. Tal como lo oyen, pida un café pero no las tenga todas consigo. Al fin y al cabo el cliente no tiene ni idea de lo que le va bien. Ella tampoco, no se engañen, pero habrá conseguido que se enzarcen en una discusión ridícula y descacharrante que le hará olvidar por qué demonios discutió con su pareja.

Su Fei parece un fantasma chino rodeado de retratos enormes en blanco y negro de estrellas del Hollywood de los años 50. La mayoría de sus clientes son viejos amigos, gentes del barrio o artistas taiwaneses que disfrutan de su compañía. Su Fei no para de contar chistes y anécdotas graciosas. De vez en cuando saca el cigarrillo y se ausenta de la barra. Da igual que hayan entrado clientes. Si Su Fei está fumando o en la parte de arriba y no le apetece ponerte el café harás bien en ponértelo tú mismo. Es posible que no te diga nada o quizás te de un grito para asustarte y reírse de tí.

Su café, el Art Box, está al pie del Museo de la Ciudad Prohibida, a donde fluyen cientos de turistas todos los días. Me parece muy bien oiga, pero prefiero pasar un buen rato con Su Fei que con un montón de reliquias de emperadores manchúes.

En las próximas semanas colgaré fotos y otras cosillas. Bueno, si me da la gana.

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Bienvenida Ms. Chou Mei-ching

Ayer ganó la candidata del Kuomintang, Chou Mei-ching. Sí, ya sé que el candidato oficial era su marido, que revalidaba su puesto de Presidente. Pero es que si no fuera por su mujer, muy probablemente Ma Ying-jeou podría haber sido derrotado por esa señora que parece profesora de bachillerato, Tsai Ing-wen, pero cuya actitud más bien evasiva en cuanto a las relaciones con China la condenó a la derrota -y no por la mínima precisamente.

No se crean, no me cae mal Tsai Ing-wen. ¡Ojalá todos los progres fueran como ella! Sin embargo, algunas de sus propuestas sonaban demasiado populeras, encerradas en el cliché progre: anti-nuclear, feminista, linguonacionalista y de un patológico fundamentalismo democrático.

La batalla fue entre dos mujeres y ganó la fiel esposa de pelo corto y aires modernos, muy alejada del canon hispánico representado por Evita Perón, Imelda Marcos o Cristina Fernández de Kirchner. No obstante, se baraja la posibilidad, aunque sea en broma, de que al igual que la diva argentina, Ms. Chou se atreva a suceder a su marido en 2016. Esto debe de aterrar al presidente Ma, que si se compara con los argentinos puede pensar que le quedan pocos años para diñarla.

El caso es que el carisma de esta mujer ha logrado la reelección para su marido, que a pesar de ser uno de esos políticos de la sonrisa del gato de Cheshire, tiene las ideas bastante más claras a la hora de gobernar que sus oponentes del Partido Democrático Popular, que hasta ahora no han sido sino vendedores de humo. Cuatro años por delante y de momento, Washington y Pekín respiran tranquilos.

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